Algo pasa en Córdoba cuando el alcalde dice que es «estrambótico» pensar en una entrada para los patios

FUENTE: LUIS MIRANDA Día 01/07/2010. ABC CÓRDOBA.

No llevan razón los pesimistas que dicen que la globalización ha creado un mundo colonizado por los mismos valores, homogeneizado por una cultura superficial y vacía que lo invade todo, descafeinado de voces críticas y sin que nadie se resista a su riada tozuda e incontenible como un Guadalquivir desbordado entre las parcelas.

Esta Córdoba tiene, como Berlín, Cracovia y Nueva York, centros comerciales donde pasar la tarde entre franquicias despreciando con ignorancia la íntima y asimétrica curva de sus calles, sin querer asomarse a la vida que ha dejado su huella imborrable en la cal impecable de sus barrios antiguos, sin atreverse a saber de la historia y las leyendas que cuentan las piedras de los caserones y las iglesias. Esta ciudad seguirá cercando su armazón romano, su pátina árabe, sus muescas judías y su cuerpo cristiano y occidental con luminosos chillones y tiendas en que los turistas con menos espíritu se miren en el espejo hortera de su propio vacío, pero algo mientras tanto le habrá quedado de especial: una cierta visión del mundo distinta a la que se usa allí donde la torre de Hernán Ruiz, la campiña fecunda y la Sierra arrogante no son más que un recuerdo.

Algo de esta singularidad hay cuando el alcalde dijo que era «estrambótico» pensar en cobrar un euro por entrar a los patios cordobeses, esta fiesta de entraña popular que ha crecido arropada en el mantillo del trabajo y el esfuerzo hasta ser un pequeño motor económico para la mejor época de la ciudad. Quizá no le falte razón en querer que no se desvirtúen, pero en otras partes donde las matemáticas no llevan siempre un signo menos delante sería bastante razonable que quien es capaz de llenar los hoteles de viajeros y los restaurantes de gente dispuesta a pagar el doble de lo que en otras épocas dice la carta pudiesen poner la mano y beneficiarse de una pequeña parte del dinero que genera aquella dedicación para la que apenas tienen ayuda.

No se parece Córdoba a Florencia, donde vi que los comerciantes de la céntrica Via de Calzaiouli pagaban la restauración de algunos cuadros porque sabían que si no fueran por Boticcelli, Leonardo y Miguel Ángel no habría negocio. Tal vez, aunque nunca se sabe, aquellos mismos, si la ciudad del Arno tuviera una Semana Santa como la de Córdoba, ya hubieran colaborado cuando las cofradías lo hubiesen pedido, y si las casas toscanas abrieran al mundo una sensación de colores y poesía como la de los patios cordobeses serían los primeros en dar macetas, cal y hasta personal con que ayudar a atender al público.

No se espera nada así en esta ciudad que profanará su Mezquita-Catedral con un montaje de parque de atracciones para intentar llenar los locales de los que nunca harán nada más que poner la mano sin arriesgar más allá de lo justo, igual que jamás se pondrá remedio al mercadillo infame de la calle Deanes, máscara desfigurada de lo que debería ser el paisaje más bello de la ciudad. Al fin y al cabo, esta Córdoba es diferente del resto del mundo, de la refinada Italia y de la Europa donde los emprendedores no toman de la sopaboba, y para entenderla y saber lo difícil que será cambiar no hay más que recurrir a Borges: «He dicho asombro donde otros dicen costumbre».

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