Nombre, beso, premio y aplauso

A punto estuvieron de corear aquello de "que empiece ya, que el público se va" las más de doscientas personas concentradas ayer en el salón de plenos del Ayuntamiento para recibir los premios de los cuatro concursos del mayo festivo: cruces, rejas y balcones, patios y fotografía de patios (conste que mi amigo y compañero Ramón Azañón se llevó uno en esta categoría). La cita era a las 20.30, pero a eso de las 20.45 aún no había empezado. Mientras los fotógrafos de prensa presionaban para hacer la foto de familia, Marcelino Ferrero optó por intervenir para explicar a la ciudadanía que el evento no arrancaba porque estaban esperando al alcalde: "Andrés Ocaña se encuentra en el consejo de administración de Sadeco, pero ya viene para acá, perdonen el retraso", dijo. En la sala, la gente se iba impacientando, lo que incitaba a lanzar puyitas al edil. "Yo prefería a la Rosa", sentenció una señora que estaba sentada delante mía mientras la de detrás se quejaba del aire acondicionado. "Hay que ver el frío que hace aquí, con lo que cuesta la luz", dijo preocupada. A mi lado, Isabel Puerto (voluntaria de las que dirigieron a los turistas durante los patios) prefirió callarse al verme el cuaderno, por si acaso apuntaba lo que decía.

Unos minutos más tarde, Ocaña entraba por la puerta con gesto entre cansado, serio y cabreao . Sin corbata y haciendo alarde de su particular forma de gobernar (a él no le van los protocolos tanto como a su antecesora) invitó a los que estaban de pie a sentarse en los sillones de los concejales. Previamente, la delegada de Asuntos Sociales, Ana Moreno, hacía honor a su cargo y ayudaba a transportar sillas para acomodar al público. Cuando todo el mundo tenía asiento, empezó el acto, dirigido por Manolo Serrano, que es conocido por su amor a Córdoba, un cordobita vamos, en el mejor sentido de la palabra. Entregado al momento, cogió el micrófono para iniciar la faena lanzando una exaltación a la maceta, con su tiesto de barro, su tierra y sus florecillas aromáticas incluidas. Cuánto dentro de una sola persona.

Tras la intervención de Ferrero y del alcalde, empezó el desfile de premiados. Mira que había diplomas que entregar, así que, para hacer la cosa más ágil, Manolo Serrano se puso manos a la obra y empezó a nombrar a los agraciados por orden cronológico de la fiesta del mayo que subieron al estrado marcando el ritmo en cuatro tiempos: nombre, beso (o apretón de manos en su defecto), recogida de diploma y aplauso. Las previsiones más halagüeñas apostaban porque el acto durara unas dos horas, pero entre el retraso y que allí había más gente que en la guerra, yo diría que los últimos se fueron poco antes de las 12 campanadas.

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