ESPIDO FREIRE, FUENTE: ADN.es

Los ingleses y los japoneses tienen dos frases muy similares para los tiempos difíciles: si me quedan dos monedas, compro pan, con una, y con la otra, narcisos para el corazón. Nosotros, que amamos las flores de otra manera (esos estallidos de color en los patios cordobeses, los claveles arremolinados en las nucas femeninas de las ferias), las destinamos a los muertos y a los enfermos, y, como excepción en el día de ayer, a los enamorados a los que no les agradan los libros.

Es posible que sean las malas noticias las que vendan los periódicos, pero son los momentos de belleza los que salvan el alma. El legado agónico de la voz de Johnny Cash, que ayer me descubrió Lorenzo Silva, o el instante dedicado a los primeros cielos azules de la temporada. De los momentos terribles del siglo XX, de los supervivientes de ellos, deberíamos aprender a convertirnos en hormigas con espíritu de cigarras; el gesto casi inútil de dedicar un penique a los narcisos que mañana morirán es un homenaje a nuestra propia fragilidad y a nuestra propia belleza. Casi nadie lee poesía, pero se encuentra en cada rincón. La mujer que ha transformado Inglaterra en los últimos días es una cantante fea, el eco de las solteronas de los cincuenta: pero su voz ha creado el prodigio de hacerles olvidar, quizás por un tiempo limitado, que la belleza se encuentra en otro lugar que no es la piel, que no es lo obvio. Un momento para lo necesario, el pan, lo concreto: otro para lo imprescindible, el aire, la esperanza.

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