FUENTE: JOSÉ PRIETO ABC CÓRDOBA.

«El día que no trabajo no estoy bien». Por eso se emplea a diario Antonio Moreno en el cuidado de las pocas flores que le quedan. Son sólo un leve testimonio de las que habitaron su casa, ya despojada de la frondosa enredadera de hiedra que decidió cortar no hace mucho. La casa número 1 de la calle Pintor Bermejo, a espaldas de la iglesia de San Andrés, guarda múltiples tesoros cotidianos de Antonio Moreno, su propietario.

Él tiene 84 años y es, junto a su mujer, Araceli -de 88- y su nieto, el inquilino de una casa en la que conoció a ocho familias viviendo y a la que llegó «hace cuarenta años». No fue hasta 1994 cuando se decidió a presentar al concurso su pequeño edén al que da sombra una larga palmera canaria de la que ya cuelgan algunas palmas que se han secado y que de vez en cuando obedecen a la gravedad amenazando con herir a alguien. Obtuvo accésits y menciones por su decoración natural este patio cuya casa data del 1700 pero que desde 2006 guarda silencio en mayo a causa de una rotura de cadera de su propietario. «Estaba cerrando esa ventana y me caí», cuenta Antonio, que anda gracias a «los hierros que tengo de aquí hasta aquí», continúa señalando de la rodilla a la cintura. Después vino una operación de espalda cuya convalecencia se sumó a la de la cadera y juntas acabaron con la corta historia del patio en el concurso.

No así con la afición que este oriundo de Fernán Núñez y antiguo trabajador de la Electromecánica tiene -junto a la petanca en la que ha ganado más de una veintena de premios- por las flores. Por ello las conserva en la medida de sus posibilidades aunque en el tronco de la palmera canaria y los desconchados muros del patio no pasen desapercibidos los clavos que ya no soportan tiestos. Almacenadas están las cañas con latas en el extremo que sirvieron para regar y otros recuerdos que hace sólo cuatro años eran la admiración de su incondicional público.

Gran parte de ellos, los que más allá de la arquitectura de de su patio porticado y la variedad floral de pensamientos, begonias, petunias, geranios o romero le daban el toque de distinción, los mantiene intactos en una de las estancias más añejas de la casa: la bodega.

Allí guarda una colección de llaves antiguas, varios paquetes de tabaco «de más de cincuenta años» -dice- para liar en la maquinilla que también conserva; un artilugio para descalzarse sin hacer esfuerzo, vasos «de medio» en los que era práctica común beber vino en las tabernas de Córdoba, una copa llamada «clásica» y otra «chicuela» para el aguardiente… y paquetes de «azafrán puro a 50 céntimos» -y no de euro- según consta en los mismos.

«Las mujeres, cuando vienen aquí se entusiasman» porque, seguramente, fueron a la tienda a comprar ese mismo azafrán en los tiempos de los que también son algunos de los carteles de toros que pueden verse en casa de Antonio, en los que están anunciados, entre otros, «El Cordobés», Antonio Bienvenida o José María Montilla; o recortes de prensa que relatan la fatídica cogida de «Manolete» y hojas de periódico anteriores en los que el mítico diestro aparece picando a un toro.

«Es una pena que no lo presente a concurso pero yo ya no puedo», se lamenta de vuelta al patio que, junto al resto de la casa, está catalogado con la máxima protección en el PGOU de Córdoba, aunque se deteriore a grandes pasos como se ve y como lo confirma: «Sobre todo los tejados, que están mal, yo no sé si por estar protegido tengo derecho a que me los arreglen…».

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