FUENTE: MANUEL FERNANDEZ.

Hay momentos en los que casi por prescripción médica hay que pasar de Rato, de la banca, de Bankia y de su nacionalización –aconsejada por Cayo Lara y ejecutada por Rajoy, que no es de izquierdas– y quitarse las telarañas del cerebro a golpe de claveles y patios. Puede ser una huida hacia adelante y un gesto nada valiente pegarle un corte de mangas a la actualidad financiera –que emite ideología impresa en papel moneda–, pero hay ocasiones, como mayo en Córdoba, en las que las excepciones nos redimen (quizá por eso celebramos San Rafael en octubre y no en septiembre, como el resto de la cristiandad). Ir de cruces y de feria está bien, pero son fiestas que se pueden vivir lo mismo –o mejor– en El Viso que en Añora, en Montoro que en Puente Genil. Pero los patios, en Córdoba, son algo tan singular que su vivencia debería ser obligatoria al menos una vez en la vida; simplemente por no privar a nadie de sentir el paraíso –según sensibilidades– en todo su esplendor (el otro, el de arriba, está más reservado para gente que se sabe las letanías, los misterios dolorosos y cuándo hay que hincarse de rodillas en misa). El paraíso de Córdoba –aparte de la Mezquita, que es un misterio de toda la Humanidad– son sus calles, diseñadas para desembocar en un patio, donde se encuentra ese trozo de cielo particular que, junto a las macetas, el sol, la umbría y los mil y un cuidados de la naturaleza, desafían a los sentidos a no encerrarse entre alfombras y persianas domésticas. Este fin de semana hay que ir por Santa Marina, San Basilio, San Pedro, Santiago, San Andrés, San Agustín, San Lorenzo y la Judería y comprobar que si los santos y los hebreos le dan nombre a los barrios de los patios será porque prefieren un paraíso de buganvillas antes que una eternidad de incienso.

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