FUENTE: JUAN M. NIZA. DIARIO CÓRDOBA. 02/05/2012

Tan absorbido ando con mi trabajo y mis problemas que hasta he visto cómo se me disparaban últimamente algunos gestos huraños, malencarados y egoístas. Por eso he decidido someterme a una terapia de patio cordobés.

Verán: visitar los patios le obliga a uno a pensar en lo que realmente importa, en las pequeñas cosas que hacen la vida. Entrar en un patio y pasear por las calles de Córdoba hace que uno hable con quien le acompaña y con quien se cruza, cambiando sus problemas por, por ejemplo, el drama de que a una dama de noche le haya salido pulgón.

Pero el patio cordobés también es un tratamiento social. De entrada, sirve para protestar contra la globalización disfrutando de lo poco local y único que nos queda, además de ser unos recintos que nacieron a prueba de crisis, necesidades y recortes, porque en aquellos patios de los muchos, en realidad, ya era todo crisis y necesidad. Sin embargo, la gente reía.

Y en cuestión de recortes, también el patio cordobés está blindado. Si no hay dinero para macetas nuevas, siempre se puede cuidar con más cariños a las viejas hasta que críen inmensos troncos de amor.

Más aún: los patios son tan únicos y revolucionarios en esta Europa que, por ejemplo, son incomprensibles para Alemania, en donde la intimidad de las casas y sus habitaciones es sagrada, hasta el extremo de que los padres no entran en el cuarto de sus hijos sin permiso expreso. Aquí, en cambio, esa intimidad del hogar se comparte con los amigos en forma de patio y, en mayo, encima se regala al mundo.

Y tan convencido estoy de aconsejar la visita a los patios cordobeses como terapia personal y social que creo que, más que decírselo a usted, en realidad me lo estoy recordando a mí mismo.

Idiomas