FUENTE: R.A. ABC CÓRDOBA. 

Ha llovido ya desde que, en 1921, los patios de la calle Almanzor, 11; Buen Pastor, 17; y Empedrada, 8 ganaron los tres y únicos premios del concurso que se celebró en la ciudad. Eran otros tiempos y quizás nadie se atrevía o tenía voluntad y energía para ver en los recintos comunes de las casas más humildes algo más que un lugar para las relaciones sociales y en el que quedaban reservadas ciertas tareas domésticas, como el lavado de la ropa o su exposición al sol.

Casi noventa años después de este pistoletazo de salida de la celebración popular más genuina del mes de mayo cordobés —que arrancará el próximo miércoles—, es un hecho que ésta goza de buena salud por más que en más de una ocasión se haya temido, y con razón, porque su final estuviera cerca. Tal fue el caso del historiador y político Antonio Jaén Morente que, en su «Historia de la ciudad de Córdoba» publicada a mediados de los años 30 del pasado siglo, escribió lo siguiente: «Del patio hay ejemplos de los siglos XIV al XIX. El XX odia al patio, porque nadie construye a lo cordobés; entre la economía, los apuros y la sordidez y los arquitectos sin estilo se acabó la tradición». Y añade: «La portería mató al zaguán, que era una zona neutral y hospitalaria; las tiendas acabaron con la planta baja, y así nació la odiosa casa de pisos, casa sin personalidad, donde el inquilino es menos hombre, desde luego menos señor».

El tiempo le ha quitado en parte la razón a Jaén Morente porque, con sus virtudes y con sus defectos, con su pulso de autenticidad o soportando a veces la infamia del pastiche, el festival de los patios ha alcanzado en esta temporada y la anterior, como en la última década y media, una vigorosidad que salta a la vista con sólo consultar el número de participantes. Sesenta y ocho. Jamás hubo en la historia tantos propietarios de casas tradicionales que concurrieran al certamen, si bien la cifra actual tiene que matizarse porque, como en las ediciones precedentes, en torno a un tercio de los patios que el Ayuntamiento cuenta como integrantes del certamen están, en realidad, fuera de concurso —esto es, abren sus puertas para que los visitantes puedan contemplar las estancias pero no aspiran a ganar ningún premio—.

Consolidación en los 90.

Con todo, desde que los patios se consolidaron en el calendario festivo cordobés durante los años 90 del pasado siglo, no se ha bajado de 40 participantes que sí han competido por los máximos galardones. No hace tanto, en los 80 por ejemplo, hubo primaveras en las que no se superaban los 30 recintos entre los que participaban en el certamen y los que sólo abrían sus puertas para ser admirados por quien quisiera.

La participación en el festival ha sido muy variable a lo largo de su ya dilatada andadura. Además de los altibajos e interrupciones durante la Guerra Civil y los años inmediatamente posteriores, es preciso destacar dos periodos en los que esta manifestación popular adquirió una relevancia especial.

La primera es a mediados de los años 50 del siglo XX, cuando el alcalde Antonio Cruz Conde apostó de una manera decidida por los patios, de modo que recuperó el concurso, que no se había celebrado durante varias temporadas, y la programación de actividades paralelas, como actuaciones de música clásica y de flamenco. Fundamental para el empeño de Cruz Conde fue el poeta Ricardo Molina, que ideó el Concurso Nacional de Cante Jondo—hoy conocido como Concurso Nacional de Flamenco— como una atractivo añadido a los patios y que se organizó por primera vez en 1956. Fruto de este esfuerzo fue la cifra de 36 recintos en concurso en 1960, cuando diez años antes sólo se contaban siete.

El segundo momento clave en el concurso es cuando, en 80, se declara Fiesta de Interés Turístico Nacional, un hecho que lleva aparejado el aumento significativo del importe de los premios. El reconocimiento oficial a la manifestación tradicional cordobesa más original cristaliza pronto: en 1983 los patios en concurso suman 41, el récord hasta ese momento. A final de esta década el Ayuntamiento le da un impulso al certamen al crear las dos categorías existentes en la actualidad: arquitectura moderna (o renovada) y antigua. A la postre sería la tabla de salvación del concurso.

Porque si algo ha cambiado en la última década en el certamen ha sido la pérdida de patios antiguos, bien por la muerte de sus moradores y el desinterés de su familia en seguir manteniéndolos o bien porque las casas en las que se instalaban han caído en las redes especulativas y han acabado desapareciendo.

Los datos hablan por sí solos: desde 2003 ha descendido un 50 por ciento el número de patios de arquitectura antigua que concurren al certamen. En 2009 y 2008 concurrieron 16 patios de este tipo, el mismo número que en el certamen que está a punto de comenzar. En 2003 se inscribieron 31 patios antiguos. En 2004 fueron 26. De los 26 de 2004 se pasó a 23 en 2005.

En el camino se han quedado casas tan señeras como Montero 27, San Juan de Palomares 11 o Postrera 28.

Inversión de responsabilidad

Paralelamente a este proceso comenzó el aumento de los recintos de arquitectura moderna o renovada (los de nueva construcción o que en origen eran antiguos pero sufrieron cambios sustanciales en su fisonomía o estructura), que en estos años ha contrarrestado la caída de los más típicos y genuinos de la ciudad.

El traspaso de poder —numérico— se produjo en 2005. En el concurso de mayo de ese año fueron 23 los de arquitectura antigua que compitieron y 26 en «moderna». La proporción era la inversa de 2004 aunque los números finales aparentaban normalidad en la vida del festival gracias a que crecían los renovados.

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