La veterana de Guzmanas 

FUENTE: JOSÉ PRIETO. ABC CÓRDOBA.

Desde la calle de las Guzmanas se oye la voz del agua que en la fuente incita a pasar al patio de la casa número 4. El de Manuela Lorente, que asoma por la galería de la primera planta y baja las escaleras tras reponer fuerzas para el duro día.

«Estaba desayunando antes de abrir el patio», cuenta mientras se acerca. Lo hace a las once y aún falta escasa media hora, aunque se levantó a las siete y media para regar. Señala mientras lo cuenta. «He regado ésas de la azotea, las del portal, el voladizo, las de la galería, las de la pared… un día sí y otro no». Habla de las macetas, que ocupan hasta el último rincón y se dice incapaz de cuantificar.

 

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«Yo me pierdo, ni las cuento», responde al requerirle una cifra. Pero las conoce a todas y no tarda en presentarlas especie por especie. Habla de gitanillas, de claveles, de las petunias y las -de moda- sulfinias. Nombra al rododendro, a la flor de la gamba, al toronjil y a los «farolitos chinos»; a las begonias, a la azucena de San José… Todas las conoce quien el año pasado fue galardonada con la Gitanilla de Oro que concede la asociación Claveles y Gitanillas.

Algunas de las flores llegaron con ella a la casa procedentes de su anterior domicilio en la cercana calle Cristo, que abandonó para mudarse con su esposo y cuatro hijas a su actual residencia en 1975.

Se trata de una casa de dos pisos -el alto, con galería y baranda de madera de pino- y azotea; de planta rectangular, patio alfombrado de chino cordobés separado del corredor por cinco arcos de ladrillo visto; pared alicatada y una imagen de San Rafael presidiendo la galería superior.

El estado actual de la casa y del patio es fruto de una profunda reforma que se prolongó a lo largo de casi veinte años y que acometieron ella y su esposo, Ricardo Villar «con mucho esfuerzo poquito a poco. ¡Anda que no he hecho yo mezcla!», dice.

A sus actuales 75 años, la «veterana de los patios» -como se define- recuerda que, cuando llegó, la casa «parecía un palomar». Donde hoy hay arcos de ladrillo, antes había columnas de hierro que estaban «podridas» y se sustituyeron como otros muchos elementos.

Entonces, la casa estaba deshabitada aunque dos de sus últimas inquilinas conservaban la llave de hierro que aún tiene Manuela en el patio como recuerdo, igual que hace con antiguas planchas del mismo material y hasta con un viejo farol de gas que en su día alumbró en la calle Manchado y que, adaptado a la electricidad, ahora da luz por la noche al patio. Pero la historia de Manuela en este lugar es sólo el capítulo más reciente de la larga historia del edifico, ligado a la calle en la que se levanta, de nombre Guzmanas «por el apellido Guzmán, cuyos señores tuvieron allí una de sus casas», tal y como recoge Ramírez de Arellano en su obra «Paseos por Córdoba».

Dedicación exclusiva Según cuenta Manuela, su actual residencia se llegó a utilizar también como granero y establo, y posteriormente vivieron en ella hasta nueve familias. «En esa puerta vivía Pili la modista; en ésa los Butelo; en ésa los Chatos; en ésa los Sopas y ahí la Concha papelillas…», recuerda quien nació en la calle Álvar Rodríguez y siempre ha vivido en el entorno de San Lorenzo. «Yo no me he querido ir del barrio», afirma quien aún conserva tiestos que tienen «más de 46 años» y calas casi igual de longevas que siguen con ella gracias a los mimos que les procura. Y es que todos las flores pasan únicamente por sus manos, que enseña para atestiguar lo que dice con las marcas que el trabajo deja en las extremidades. De ahí que asegure que apenas sale de su casa «por cuidar las macetas», pues ni tiene capacidad para comprar nuevas cada año ni cree que deba ser el proceder de quienes tienen un patio.

«Esto es todo el año». Y uno tras otro, como demuestra que las gitanillas que exhibe cuelgan «y no están tiesas, lo que quiere decir que son viejas» y ella las ha mantenido durante años, en los que ha conseguido un accésit y una mención del jurado en el concurso.

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