FUENTE: JOSE JAVIER RODRÍGUEZ. Catedrático emérito de la UCO

Es tiempo de vivir en el patio cordobés, porque la vida en él es una aspiración de que sea una copia del cielo. Uno de los patios del Palacio de Viana es como un aljibe celeste, lleno de azul y de luces diferentes, cuando la glicinia se exhibe sin pudor. Cuando un patio se construye, lleno de cal y de macetas, como el de San Basilio 50, no se pretende llenarlo, sino circunscribir un espacio a donde va a descender el cielo. Si te sientas en el patio una tarde-noche de verano o a las tres de la tarde en su peristilo, comprobarás que el cielo acaba de llenar ese vacío; no hay necesidad de mirar al cielo porque lo tienes contigo y sientes que tuteas al mismo Dios. Sentado en la mecedora se es capaz de responder a ese Dios, delante de tanta policromía y tonalidades vitales.

El saber de un cordobés, sentado en su patio, es algo que lleva impreso de tanto mirar la vida en una noche plateada de verano. Rodeado de flores eres un cuerpo puro, perfecta geometría, espejo de incorruptibilidad; eres un ser imperfecto que aspira la pureza. Entra en el patio de Maese Luis y te verás rodeado del silencio cromático, impelido a interrogar a los cielos, no para encubrir la negrura del alma, sino para hacerlos descender a tu lado y que te den la respuesta que tu alma espera.

La vida en el patio de Marroquíes se te queda en suspenso, absorta, de tanto mirar ese cielo entre sus callejuelas. Adquieres un carácter extático y el alma se sale por los ojos para ver ese don de la naturaleza, intangible, que solo perciben las personas sensibles.

Todo cordobés que cuide un patio, lo defienda o contribuya con su óbolo a conservarlo, además de estar empadronado en Córdoba, se ha empadronado en los cielos, para tener conciencia de su dual existencia. Eso le ha ocurrido a don Mario Fernández al cuidar desde la Fundación los patios del Palacio de Viana. Reclinado en el patio, tienes tu saber encerrado, como secreto yacente del alma; ese alma que en tiempos de Osiris solo podía tenerla el faraón y los demás la encontraban después de su muerte. Sólo en el patio, en silencio, sientes que tu cuerpo tiene alma y que puedes vivir en su compañía, porque encuentras de verdad el sentido de cada flor, cada hoja, cada maceta. En San Juan de Palomares tu tiempo tiene sentido; incluso tu historia personal; nunca convives con el naufragio. Me siento inocente sin necesidad de "nihilarme".

Un paseo en solitario por los patios de Viana es el descubrimiento del alma y su viaje; su riesgo y su don: la música y la poesía, porque los patios de Viana son música, armonía, poesía. No hay momento para pensar sino para dejarse andar errante en tanto te sientas al fondo en el jardín de Versalles; cada patio es acción poética, delirio, principio de la música. Viana es música que obedece al tiempo con cierto engaño y me lleva al éxtasis, porque el viaje por sus patios es éxtasis y poesía.

Hay un patio cerca de San Agustín, en la calle Parras, que es dulzura secreta; misteriosa dulzura que se escapa del pozo, del vuelo de una mariposa, de la mácula de polvo que tintinea en los tamizados rayos del sol. Es un patio que se queja de su abandono pero lo hace con dulzura. Ese patio es el camino de la pasión para poder integrarte, paradójicamente, en el universo.

Todo patio cordobés es música donde el grito se allana y se somete al tiempo. Hay un musical silencio que permite oír las diferentes escalas de tu alma. Es música de siete cielos como la que nace de las siete cuerdas de una lira. En el patio de Blanca Ciudad la música es recatada; su patio es un lenguaje de misterios que te incita a la adivinación.

En cualquier patio de Córdoba la música no es obediencia, como en la liturgia; es la totalidad de sonidos que brota de la expectación.

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