FUENTE: Juan Bautista Sanz

Cada año recibo la postal y el aviso: “Estamos en este lujo de patios cordobeses…” y se añaden los mil y un motivos para acudir raudo a la cita con el adorno más espectacular. Cocteau, en uno de sus libros sobre España –que a veces los mejores los escriben los extranjeros porque saben mirarnos con ojos nuevos– escribió (cito de memoria) “Es un error creer que España sea poética o pintoresca, no es ni lo uno ni lo otro. España es un poeta”. (Jean Cocteau, ‘La Corrida du Primier Mai’.)

Si España es poeta, Córdoba es su poesía, poesía que podemos sentir si transitamos sus estrechas calles de perspectivas imposibles, como esa que llaman de Las Flores, con sus casas enjalbegadas, sus ventanas y patios chorreando flores y al fondo, erguida en el atardecer como un dedo apuntando el cielo, la Torre del Alminar.

Córdoba se echa en los brazos de quien la besa y se abraza estrechamente para sellar una relación de afecto con el viajero, con el caminante en nuestro caso, que puede y quiere durar toda la vida. Hay a veces que todo se conjura para hacer que el encuentro sea definitivo; las buenas circunstancias coinciden y se produce el milagro. Me pasa rozando un coche de caballos que va camino del barrio de la Judería, por la calle de Maimónides; habla el cochero como largan los gitanos cordobeses; como cantan los morenos andaluces.

Se puede entrar en los patios de las casas –abiertos de par en par en días de concurso de embellecimiento–, como si pudiera añadirse más belleza a la que ya tienen desde que el último albañil mestizo dio el último retoque de cal blanca o coloreada a las paredes interiores y frescas de tales lugares de reposo. En ellos las familias se reúnen en apacible tertulia, aprovechando el fresco del atardecer, después del terrible calor del día. Jamás he pasado tanto calor como en Córdoba.

En las conversaciones, en las que parece vivo el mismísimo Séneca, tal vez se hable un poco de los vecinos; pero de algo hay que hablar, ¡qué diablo! Sin moverse de sus asientos, nos acogen con toda afabilidad y, amablemente, nos indican los rincones más llamativos y característicos. En un patio desierto y en sombras, sólo se oía, junto al correr del agua de la fuente, el murmullo acompasado y monótono de una vieja señora rezando el rosario. ¡Qué raro se nos antoja aliviarse el sudor y el sofoco con la oración!

Junto al zoco, todo parecía preparado para una representación: una puerta de reja permitía ver el patio del museo, un guardia descansaba en su silla en estado casi comatoso, un gato negro nos espiaba sentado bajo el arco de la calleja, olor a jazmines y paz, y el mundo, con sus problemas y sus miserias, lejos. En el Patio de los Naranjos de la Mezquita, un grupo joven rasguea una guitarra junto a la fuente. Verdaderamente, España es un poeta y Córdoba parte esencial de su obra.

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