FUENTE: JOSÉ PRIETO. ABC CÓRDOBA.

Centenarios documentos, ya amarillentos y casi deshechos en algunas de sus hojas, permiten conocer el linaje de la casa número 6 de la calle Parras, en el barrio de San Agustín.

 

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Rosario Cantillo, la actual propietaria del inmueble, los muestra con sumo cuidado al tiempo que da una brevísima explicación de los datos que de él se desprenden y que «me han contado quienes saben leer lo que pone» -aclara- en un castellano de siglos pasados. «Según han traducido, aquí hubo un cuartel, después un hospital y un convento», cuenta, hasta que, al parecer, tras la Desamortización se destinó a uso residencial, que es el que ahora se le da.

En realidad, tanto el cuartel como el resto de usos no sólo ocupaban la casa de Rosario Cantillo, sino también algunas de las colindantes que hace siglos eran un sólo inmueble. El mismo documento en el que aparece esto reflejado permite situar el origen de construcción de la casa a finales del siglo XVI, dato que Rosario hace saber con gran orgullo al ser preguntada por la historia de su vivienda, que participa en el concurso de patios en la modalidad de arquitectura antigua.

La primera vez que lo hizo fue en 1956, lo que no repitió hasta el año 1969. Ese año obtuvo el primer premio, que también consiguió en 1976. El segundo lo mereció en los años 1974, 1977 y 1998; el tercero en 1980, 2003 y 2005; el cuarto en 1972 y 1979; el quinto en 1975, y el sexto en 1971 y 1973. Los últimos tres premios ya no se conceden, de ahí que en los años 2002, 2004, 2006, 2007 y 2008 se haya alzado con accésits.

Varios azulejos recuerdan a la entrada de la casa su fructífera y aplaudida trayectoria en el certamen de mayo.

Muchos de los galardones los logró el patio gracias al cuidado de una tía de su actual propietaria, que es la encargada de presentarlo al concurso desde 2001. Rosario es, junto a su esposo y sus hijos, la única inquilina de una casa en la que no hace muchos años vivían varias familias en las catorce habitaciones de las que dispone.

En una de ellas nació Rosario hace 65 años, y en otra el poeta cordobés Pablo García Baena, que no falta en mayo al patio en el que vió la primera luz del día. «Suele venir cuando hay poca gente, a veces cuando está cerrado al público para verlo bien y recordar su infancia», relata esta mujer junto al pozo que conserva en el centro del patio, y que tiene 17 metros de profundidad, tal y como informa a quienes le preguntan. Tanto este elemento como otros muchos igualmente antiguos dan idea del interés de su dueña por conservar el patio de manera fiel a como lo conoció en su infancia.

Elogios de los mayores.

Así, aunque una parte de la casa está adaptada para la vida actual, el patio conserva el suelo empedrado que «le encanta a las personas mayores cuando vienen y da frescor cuando se riega» dice Rosario. También de épocas pasadas es la balconada de la galería superior, en la que para encender la luz mantiene las «llaves de pellizco» o porcelana, que dejan pasar la corriente al girar una manecilla.

En esta planta superior de la casa las habitaciones permanecen vacías y con la estructura original de cuando el edificio era casa de vecinos y las estancias estaban separadas por tabiques cortos que no llegaban al techo.

«Era para que les llegara la luz a todas las habitaciones porque sólo en uno había ventana», cuenta Rosario, que se resiste a modificar el aspecto de la casa en la que nació. Ni siquiera las puertas de las habitaciones superiores han sido sustituidas y sólo se han tapado con trozos de madera los orificios que todas presentan en la parte inferior «por los que salían y entraban los gatos que -cuenta- antes tenían todos los patios».

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