FUENTE: J. P. ABC CÓRDOBA.

El vencedor de esta primavera, el patio de la calle Marroquíes número 6, llegó al concurso popular en 1987 con ánimo reivindicativo de la mano de un grupo de artesanos para los que las puertas de las salas expositivas permanecían cerradas.

 

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Y ellos se fueron al patio. Hablaron con los residentes que vivían en las habitaciones contiguas a sus talleres para obtener el visto bueno y poder exhibir en una muestra sus obras de pintura, escultura, cerámica, fotografía y cuero a la par que el recinto participaba en el certamen. Los artistas tenían en el patio sus respectivos talleres o bien habían sido invitados por éstos. Entre los anfitriones se encontraba Luisa García, una leonesa llegada a Córdoba a principios de los años ochenta, con 19 años, que se dedicaba a la cerámica y que tuvo mucho que ver en la iniciativa.

«Nos costó mucho trabajo convencer a los vecinos paraabrir la casa», relata quien desde que desembarcó en la ciudad por motivos de trabajo de su padre se prendó de tan genuinos espacios.

«Llegué en Semana Santa y lo que más me gustó fueron las casas con patio. Yo pensé: algún día tengo que tener una». Y, en efecto, es propietaria del número 22 de la calle Maese Luis, donde tiene un taller de cerámica junto a su esposo Juan. Mientras trabaja cuenta cómo era la vida en el patio de Marroquíes cuando comenzó a presentarse al concurso impulsado por ella y sus compañeros.

Luisa habla de una convivencia «fácil» entre jóvenes y mayores, que vivían allí desde siempre. Ése era el caso de Rafaela Calvento, que había nacido en la casa y en ella había dado a luz a su descendencia. «La consideraba como mi abuela y ella también me veía así. Estaba pendiente de todos», indica.

Pese al cariño, en las relaciones había una jerarquía que todos respetaban y que era la clave del éxito de la convivencia. «Los últimos que llegamos nos adaptábamos a los mayores», quienes organizaban el trabajo y establecían las fechas de trabajo como en las que se debía encalar o la manera de hacerlo.

Algunas tareas las desempeñaban solamente las mujeres mayores. «No dejaban que las hiciéramos nosotros», como recortar el filo de la cal en el suelo «y los jóvenes respetábamos sus criterios».

 En tan buena sintonía, era habitual que, durante el concurso, y una vez cerraban por la noche el recinto, los vecinos colocaran «largas mesas» en el pasillo central de la casa para cenar, cantar y charlar en comunidad hasta la madrugada, recuperando en parte el ambiente festivo que las personas de mayor edad de Córdoba recuerdan que siempre tuvieron los patios.

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