Los patios, de la tradición al negocio

Estos recintos son ya motor del turismo y requieren una estrategia de gestión.

17/05/2008 MARIA OLMO

Esto de las aglomeraciones de los patios trae recuerdos de la China. Sí, así es. Y alguien dirá: ¿Qué tendrá que ver? Pues por una reflexión que se hacen los exportadores: si has hecho promoción y has conseguido convencer a los chinos de que el jamón ibérico está exquisito, procura tener unos cuantos millones de piezas preparadas para cuando vengan a comprarlas (ojalá). Y, en el caso de los patios, si convences a miles de turistas de la belleza de estos recintos, procura organizarte, vaya a ser que les dé por visitarlos.

El turista, ser resignado

El turista, y todos los somos de vez en cuando, está acostumbrado a que le achuchen, a los lugares masificados, a guardar cola. Se alinea con disciplina y espera a que le toque. Paga y acepta las molestias, pero quiere disfrutar, detalle que no conviene olvidar.

En Córdoba es normal, en otoño y primavera, ver aglomeraciones en la Mezquita, en el Alcázar. Los patios también van a más, pero no se había dado el caso de que la masificación se convirtiera en asunto de orden público. Algunos, los ganadores del concurso y los que están en zonas de tránsito fácil, han tenido visitas masivas desde hace años, sin llegar a los extremos sucedidos en San Basilio. El de Marroquíes, 6, por ejemplo, tan angosto, padece hace tiempo bullas considerables.

Córdoba se dio cuenta hace décadas de que los patios constituían un atractivo genuino de cara al turismo, y, tras un periodo inicial de entusiasmo, seguido de cierto desánimo en los años ochenta-noventa, han vuelto a recuperar su pujanza y son un reclamo de primer orden. El AVE permite el salto fácil a Córdoba, y tanto la prensa escrita como la radio y la televisión se hacen eco. Ayer mismo, la presencia de Matías Prats y los dos telediarios emitidos desde los jardines de Viana fueron una potente acción promocional.

¿Voluntarios?

Hay que asumir que los patios son ya más que un disfrute privado o una tradición, pues en torno a ellos se mueve mucho negocio. Y en una sociedad en la que nadie hace nada sin cobrar un salario no se puede seguir dando por sentada la existencia de un voluntariado que, cuidando las flores por amor, atraiga a miles de visitantes para llenar hoteles y restaurantes sin percibir nada a cambio.

Los patios son, o tienden a ser, un negocio en sí mismos, aunque no se cobre la entrada (algunos platillos, desde luego, acaban más que llenos), y como tal tienen que organizarse. Lo ocurrido puntualmente en San Basilio es un aviso a navegantes, el ejemplo de cómo se puede matar la gallina de los huevos de oro antes de que haga su primera puesta. No hay más remedio que organizar lo espontáneo y que planificar estrategias más allá de pedir que dos policías locales custodien una puerta.

Las asociaciones de Amigos de los Patios y Claveles y Gitanillas ya han abordado estos conceptos, y desde el Ayuntamiento se colabora, pero no es suficiente. Se ha hecho publicidad, la propuesta ha gustado, y ahora hay que satisfacer la demanda con inteligencia. Quizá no sea necesario convertir los patios en pequeños alojamientos con encanto (aunque la idea es buena, y es una forma de mantenerlos), ni vender entradas para regular el flujo no solo fuera de concurso, ni contratar a personas que atiendan de manera profesional a los turistas, ni poner carteles en varios idiomas, ni formar turnos para los recorridos de grupos- O igual hacen falta todas esas cosas y unas pocas más.

En cualquier caso, se impone la adopción de medidas para que la tradición no acabe convirtiéndose en decepción, pues si algo hay que preservar es la esencia de sencillez y de autenticidad de los recintos, ese carácter acogedor que invita a la charla y a la amistad, y eso no se mantiene permitiendo avalanchas de gente que inevitablemente rompe macetas y ni se entera de lo que ve.

 

 

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