Los patios del juez Calatayud

 

RAFAEL A. AGUILAR

ALGUIEN que mima las flores tratará bien a su familia, será atento con sus amigos y cuidadoso con sus vecinos, por muchas espinas que se clave en su rosal y por muchos desengaños que le dejen las relaciones personales. A quien tiene la paciencia de calcular la cantidad exacta de agua que le hace falta a un geranio y de observar durante semanas cómo crece una petunia le costará demasiado romper la marquesina de una parada de autobús y se lo pensará dos veces antes de dejar su firma con spray en los sillares de un puente milenario, por mucho que piense -es posible que incluso con razón- que lo han convertido en un pastiche.

Además de imaginativa, la aplicación en los patios cordobeses de la «doctrina Calatayud» -en referencia al juez de menores de Granada conocido por sus sentencias ejemplares- puede ser hasta útil, y no sólo para los jóvenes infractores que purgarán sus pequeños delitos encalando los desconchones de las casas de vecinos y dándole otra mano de añil a los tiestos que a punto están de estrenar un ciclo festivo. No, no sería menor el éxito de la iniciativa -promovida, por cierto, por una delegada de Justicia que no podía sino apellidarse Mayo- si lograra inocular el germen de los valores cívicos en los quince menores sujetos a ella. Pero lo útil de verdad sería que unos cuantos de miles más de convecinos nuestros se presentaran voluntarios y se pasaran una temporada en la sombra en los patios de la calle Pastora o de San Basilio.

A quién no le viene bien un poco de urbanidad -de urbanidad, no de urbanismo-. Bien pensado, lo cierto es que no habría patios suficientes para tantos candidatos a hacer ese cursillo apresurado de buenas maneras, de respeto por las formas y de probidad en el ejercicio del poder. Preferencia debería de tener cierto cargo municipal que hace unos días nos abrió los ojos a todos: ¿cómo no habremos caído antes en que, en verdad, lo que está haciéndonos el Ayuntamiento al investigar el caso de los policías locales con parcelitas es un favor? El munícipe vino a decir que, una vez que este periódico comenzó a publicar noticias sobre los agentes, él y sus compañeros podrían haber decidido olvidarlo todo y «aquí no pasa nada». Ni instrucción, ni expedientes ni nada de nada. Y se hubieran quedado tan anchos. Que ninguna obligación había de molestar a la secretaria capitular. Cadena perpetua para este señor, por ejemplo, en la casa de la calle Martín de Roa, preso del pozo sin brocal con un grillete como el del mismísimo Charlton Heston en las galeras zozobrantes o el de Montecristo en el Castillo de If.

Una condena severa y exenta de beneficios penitenciarios también se merecen los componentes de ese tribunal de las oposiciones a porteros municipales si se demuestra que, un par de días del examen, se dejaron el cuestionario encima de la mesa del salón de casa y algún familiar con vocación de cancerbero no pudo resistir la tentación de echarle un vistazo. Asistidos por la imaginación del juez Calatayud, ahora no debería haber quien les negara una eternidad a la sombra. A la de un patio, naturalmente.

 

Idiomas