FUENTE: EDITORIAL DIARIO CÓRDOBA.

A Córdoba le ha llegado ya el tiempo de tomarse los patios como una responsabilidad de ciudad de primer orden. No quiere decir que esa fiesta que tanta nombradía le ha dado en el mundo no se pueda de aquí en adelante vivirla y disfrutarla con el placer de lo que es eminentemente lúdico y sensorial. No. Pero sí es cierto que desde que la fiesta de los patios ha conseguido el espaldarazo de la Unesco con el título de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad las cosas han cambiado para quienes, de una u otra manera, participan en esta convocatoria festiva anual, desde los propietarios de los recintos hasta las asociaciones ligadas a ellos, desde las autoridades –Ayuntamiento sobre todo– hasta los gestores del turismo, y desde quienes se dedican al negocio de la hostelería hasta el público en general, ya sean vecinos o visitantes.

Estos días pasados se había dicho que este año no iba a haber concurso de patios tal y como se ha venido celebrando hasta ahora y que lo que se pretendía era una exhibición de los mismos. Inmediatamente han saltado opiniones opuestas que pensaban que no era la mejor fórmula, entre ellas la de los componentes de la Asociación Claveles y Gitanillas, que representa a más de treinta recintos. Aducen desde esta Asociación que esta fórmula puede restar calidad y motivación a los participantes. Y no les falta razón: creemos que las subvenciones por participar en esta fiesta no son incompatibles con que se celebre al mismo tiempo el concurso para estimular, por ejemplo, la creatividad.

Por otra parte vemos lógico el dubitar de las autoridades municipales a la hora de organizar la inminente edición de los patios porque, como decíamos al principio, a Córdoba le ha llegado el tiempo de tomarse esta afamada fiesta como una responsabilidad –así se la ha venido tomando hasta ahora– con el añadido que le ha sumado el título de la Unesco. El temor a la avalancha de visitantes sin una regulación previa está en el ambiente.

Llegados a este punto se ve imprescindible el diálogo con el cada vez mayor número de personas implicadas en los patios: propietarios-cuidadores y asociaciones nacidas a su alrededor para contribuir a su mantenimiento y perpetuar la tradición en el tiempo. Igualmente habría que contar con la opinión de los expertos en organizar eventos de parecido ámbito y repercusión. También sería válida la opinión de quienes se benefician directamente de este fenómeno tradicional, de tintes culturales y turísticos, como son restaurantes y hoteles.

Entra dentro de lo normal el que los responsables directos de la fiesta de los patios manifiesten vaivenes y algo de desconcierto. Pero, sea como fuere, Córdoba no se puede permitir que la consecución del título de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad supere sus propias posibilidades de gestionarlo y ponga en riesgo el futuro de esta tradición.

 

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