FUENTE: ABC CÓRDOBA

No se alcanza a saber bien si fue la primavera la que se hizo para los patios de Córdoba o fueron los patios cordobeses quienes se hicieron para la primavera. En estos días todo sabe y todo huele a primavera. Córdoba es toda flor, se convierte en geranio o en hortensias de vivos colores; en pensamientos o en clavel bermellón. Su aroma, su sabor y el sonido de sus guitarras nos están llamando a todos los sentidos por la puerta secreta del corazón para que dispongamos nuestro espíritu a gozar de las bellezas inefables e indescriptibles de este maravilloso mes de mayo en Córdoba.

Vagaremos por la ciudad y sus rincones, cruzando sus calles y sus plazas, sin descanso, para acercarnos uno a uno a todos los patios, a parar y recrearnos bajo un balcón , aquella esquina insospechada a la que se asoma una reja, para dejarnos sorprender con algún detalle, para saber dialogar y escuchar las explicaciones de esos hombres y mujeres que se afanan un año y otro, en horas y horas de esfuerzo, cariño y dedicación para mostrar al mundo una de nuestras más singulares joyas. Algo con lo que nadie puede competir en belleza y esplendor. Se convierte esta ciudad en una de las más maravillosas decoraciones, donde oriundo y forasteros quedan cautivados y prendados de tanta armonía y de tanta belleza. El espíritu se satura con apacibles noches primaverales, con el perfume de sus flores en estos auténticos templos de la naturaleza que son sus patios. Córdoba hace un completo homenaje a las flores que lo inicia con esa cabalgata en forma de batalla, adornando sus cruces en plazas y rincones, dando lugar, posteriormente, a un corto pero intensísimo periodo para el concurso de patios, rejas y balcones.

San Basilio, el barrio de los patios por excelencia se viste de gala, tras él, otros le siguen convertidos en vergel de belleza, San Agustín, Santa Marina, San Lorenzo, Santa Marina, Santiago, San Pedro, San Andrés y la Judería. Les animo a que se detengan traspasado el dintel de cualquier patio, encuentren tras aquellos portales todo un nido de verdor, asómbrense tras la filigrana de una reja y descubran el oasis de un patio.

Un patio no es un patio propiamente dicho, ni una casa ni un jardín, y es todo ello a la vez. Se trata de un Edén en miniatura, un lugar donde identificar nuestro pasado oriental, es el pasaje de nuestros ancestros, con sus aromas, sus frutos, sus flores y sus aguas, es en definitiva la decoración inolvidable que vive siempre en el fondo de la nostalgia, un lugar que introduce en nuestras sensibilidades una ola de impresiones desconocidas hasta entonces y que naturalmente al admirarlos pensemos en vivirlos eternamente.

Todo un deleite para los sentidos la lectura de aquellos viajeros del siglo XIX y principios del XX, como describían lo que ante sus sentidos mostraban la vida de Córdoba en sus patios. Y así lo describía por ejemplo Jorge Grappe en su novela «Una noche en Córdoba»; o del mismo modo lo hacía Martínez Barrionuevo al hablar de esta ciudad, para recorrer su alma con los misterios y las leyendas, apreciar tus perfumes para cantarlos y para hablar de tus bellezas y alegrías.

Apenas dos semanas que serán el final feliz de todo un año de esfuerzos por parte de los vecinos que residen en esas casas, a los que nunca podremos estar suficientemente agradecidos por su encomiable labor en pro de esta ciudad y por mantener y engrandecer esta tradición. Por aumentar año tras año el número de personas que de dentro y fuera peregrinan cada año a estos lugares de ensueño, y que lo convierten en algo únicos en el mundo.

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