El oportunismo de algunos vecinos y la masificación degradan el certamen, como se comprobó ayer en el Alcázar Viejo

FUENTE: R. AGUILAR. ABC CÓRDOBA.

Dónde están los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón. Dónde está el silencio y la delicadeza y la voz en susurro. Dónde está la calma, la mirada pausada de las ancianas que cuidan las plantas todo el año, el sosiego reparador de las fuentes, el blanco cálido de los muros humildes. Dónde está la extrañeza discreta del visitante, dónde la explicación cadenciosa de los vecinos, dónde la admiración del niño pequeño cogido a la mano de su padre. Dónde está la atención por los detalles, el respeto y el amor por la tradición silente, dónde la paciencia con la naturaleza domesticada. Dónde está, que no se encuentra, el prodigio de las casas pobres convertidas en vergeles para envidia de quienes no viven ni nunca vivirán en ellas y tienen que conformarse con un piso al otro lado de la muralla, más allá de Fleming y del Campo Santo de los Mártires.

Estarán en algún sitio, pero desde luego no aquí. Desde luego no en San Basilio. Desde luego no hubo quien las encontrase ayer por la mañana. Una lástima, y no una suerte, que no hubiera en el barrio, al menos de un modo reconocible, algún inspector de la Unesco, que a lo mejor con su presencia alguien —uno de los agentes de la Policía Local que rondaban por la zona, por ejemplo— se hubiera decidido a llamarle la atención a quienes se empeñaron en convertir el festival en un filón con el que llenarse los bolsillos con la venta de botillenes de cerveza y latas de refresco. Toda una muestra, como se ve, de engrandecimiento del patrimonio intantigle. O inmaterial. ¿Quién dijo que el pueblo llano no tiene aprecio por los valores intangibles? He ahí el amor por la música. Por la de rumba, por las sevillanas y por el pop español.

El local de cierto modesto club de fútbol se encargó de que la mañana de visitas a los patios no estuviera falto de melodía, de tal modo que sacó los altavoces a la calle en la embocadura de Martín de Roa con el ánimo firme de que las letrillas se escucharan desde el arco de Caballerizas hasta la Puerta de Sevilla. Todo muy al gusto del cancionero clásico del mes de mayo cordobés: Modestia Aparte, María del Monte, El Barrio y Hombres G. La caña de España.

Con razón los turistas no se enteraban de qué iba la cosa. De las sutilezas y tal. Que se creían que aquello, San Basilio, era un parque temático con florecitas de colores. Razones le habían dado los vecinos, y no sólo los socios del modesto club de fútbol de la embocadura de Martín Roa, que algunos de los dueños de los recintos tradicionales manejaban las colas apiñadas en sus puertas con la misma delicadeza que los porteros de un campo de fútbol despachan a los aficionados que llegan con prisas antes de un derby. «Venga, los de Zaragoza, ya fuera, que lleváis ahí diez minutos, y que pasen los jubilados de Carmona, o la asociación de amas de casas de Poniente, pero ojo, que las flores no tocarlas, que tienen que estar bonitas hasta el domingo que viene», decía ayer a media mañana con la voz en grito una de las caseras de San Basilio. Sonaba entonces en el equipo de música de la club deportivo aledaño «Voy a pasármelo bien».Y a qué venía también el reparto de gazpacho en uno de los patios más señeros de la zona. A cuento de qué ese platillo para la voluntad debajo del barreño de la pócima para sacarle unos cuartos a los turistas. Por qué ese tipo de concesiones a la mercantilización del certamen. Que las Cruces ya pasaron. Que San Basilio no es El Arenal.

Tampoco es que el detalle de la autoridad municipal por garantizar que los visitantes tuvieran a mano un aseo público remara a favor del ensalzamiento de los valores intangibles del certamen: he ahí los urinarios públicos colocados junto al arco de Caballerizas, muy funcionales, sí, pero del mismo gusto estético que la barra de una verbena en El Higuerón. Indignos de este mayo. Indignos de una ciudad que batalla por que los patios sean Patrimonio de la Humanidad.

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