FUENTE: LUIS J. PÉREZ-BUSTAMANTE. EL DÍA DE CÓRDOBA. 17/05/2009

Si pasea usted este fin de semana por Córdoba se encontrará de todo menos con cordobeses. Manadas de turistas, sobre todo madrileños conmemorando San Isidro, se han montado en el tren para acudir a nuestra ciudad llamados por el reclamo de los patios. Inasequibles al desaliento, sin sufrir dolor de pies ni beber ningún tipo de líquido, familias enteras corren por las calles plano en ristre en busca del siguiente recinto. Son como los japoneses, no paran lo suficiente para disfrutar de verdad de la belleza y el recogimiento de ésta tan nuestra tradición; simplemente sacan la cámara de fotos, esperan que la tribu anterior termine de posar para el abuelo, se sitúan bajo el rincón más fotografiado, sonríen y se van. Así hasta cubrir 100 patios en diez minutos. Es otra forma de ver los recintos, cierto. Tan respetable como las demás aunque choque con nuestra forma de hacerlo. Y quizás es ahí donde quiso llegar Luis Rodríguez con su informe sobre los patios. Un texto en el que este profesor alerta de que nuestra tradición está perdiendo sentido por la masificación que provocan los visitantes. Sí, puede ser cierto; tanto como que gracias a esa masificación muchos hoteles, hostales, tabernas y restaurantes van a salvar parte de una temporada que la puñetera recesión amenaza con llevarse por delante.

Y es que como me dijo un amigo comiendo el otro día, los cordobeses somos muy joíos. Estamos orgullosos del Mayo Festivo, de sus cruces, sus patios, su cata y su Feria. Queremos que todo el mundo lo conozca, pero sin molestar. Queremos que nuestra hostelería vaya bien, facture "de gordo" y dé trabajo, pero, eso sí, sin que a la hora en la que nos toca ir a tomar nuestro medio (con corona, por supuesto) nos importune uno de fuera sentado en nuestro rincón sin disfrutar del ceremonial. Sentimos sana envidia de la capacidad del sevillano para vender como propio algo que ni por asumo nació allí -lo último la cola de toro-, pero a la vez criticamos con dureza la apropiación que se hace en la capital autonómica de lo ajeno. Somos capaces de alabar una faena mediocre de Finito a un buen toro y criticar un toreo redondo del de El Arrecife a otro malo; no vaya a ser que se venga arriba, triunfe demasiado y se olvide de su tierra.

Son las cosas del carácter de esta tierra -"mala madre y gran madrastra", que dice otro amigo-, en la que es difícil entrar y más difícil todavía salir. Si el granaíno tiene fama de mala follá, el cordobés la tiene de joío y la lleva a mucha honra. Es la contradicción permanente entre lo que hay, lo que queremos que haya y lo que de verdad habrá. Un ni sí ni no ni todo lo contrario que explica por qué estamos donde estamos y nos cuesta tanto llegar a donde queremos.

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