POR:LUIS MIGUEL MARTÍN RUBIO

SUPERADO el primer fin de semana de mayo en el que plazuelas y rincones han sido inundadas por una multitud a la búsqueda de un rato para la charla, la tertulia, el baile y una buena copa de vino -y ello, alrededor de las magníficas cruces que hermandades, asociaciones y particulares han instalado para el disfrute de todos-, prácticamente, sin solución de continuidad, la ciudad ya se prepara para el Festival de Patios, Rejas y Balcones.

A partir del próximo día 5 y hasta el 16 de mayo, Córdoba se convierte en la ciudad mundial de la belleza, donde oriundos y forasteros quedarán una vez más prendados por su esplendor, intentarán saciar y saturar su espíritu con la compañía de las noches de primavera, con el perfume de las flores en esos templos de la naturaleza que son los patios de Córdoba.

Volverá la ciudad, una vez más, a recuperar la magia de su historia, a mostrar lo que durante siglos vieron aquellos viajeros que acudían a la búsqueda de todo un placer para los sentidos. Aquellos que detenidos bajo aquel efluvio descubrían tras los viejos portales un nido de verdor que se asomaba por la filigrana de una reja y que dejaba ver el oasis de un patio. Volverá la ciudad a reencontrase consigo misma, con el paisaje heredado, recordando aquellas casas hispanorromanas que serían el origen de los patios que luego heredaron y dieron la fisonomía actual los musulmanes.

Una vez más Córdoba le ganará la batalla al tiempo y lucirán los zaguanes, las paredes con huecos de ventanas y puertas antiguas, escaleras de viejas estructuras y paredes recién encaladas, los viejos lebrillos de barro rellenos de plantas, los pavimentos lustrados por la cera roja, los cobertizos, las fuentes de agua y los pozos, los tiestos, la luz, el color y las personas. Las personas son la que dan vida a los patios, elementos imprescindibles e insustituibles que convierten estos espacios en auténticos museos interactivos para el disfrute colectivo. Un patio cordobés no es un patio propiamente dicho, ni una casa, ni un jardín y es todo a la vez. Se trata de un edén en miniatura, un lugar donde identificarnos con nuestro pasado, con el paisaje de nuestros ancestros, para redescubrir viejos aromas de las mismas flores, de otros frutos, para escuchar el fino rumor del agua. Es, en definitiva, la decoración inolvidable que se vive siempre en el fondo de la nostalgia, un lugar que introduce en nuestras sensibilidades una ola de impresiones desconocidas hasta entonces, siempre antiguas pero siempre nuevas, y que al ser admirados volvemos al anhelo del «viviría aquí eternamente».

Serán apenas dos semanas para vivirlas intensamente, unos días que para algunos constituye el epílogo feliz de todo un año de esfuerzos, de cariño y de dedicación. Vaya el reconocimiento y agradecimiento para los propietarios de esas casas, a los que nunca podremos estar suficientemente agradecidos por su encomiable labor en pro de la ciudad, por mantener y engrandecer esta noble y bella tradición. Llega la recompensa tras todo el trabajo realizado, el asentimiento de una multitud que en los próximos días como si de una peregrinación se tratara, acudirán a estos auténticos templos de la naturaleza repletos de macetas de claveles, gitanillas, geranios, pensamientos o begonias. Cierros, rejas, balcones, patios y portones antiguos estarán preparados y listos para sorprender los sentidos de los miles de visitantes que tengan el privilegio de acudir a Córdoba estos próximos días para disfrutar.

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