Viejas glorias en la reserva

POR J. PRIETO

CÓRDOBA. Se apagaron los focos, los flashes, los aplausos en la prensa, el reconocimiento público, los galardones. Apenas si se les recuerda en el bullicio de la multitud que cada mayo espera entrar en una casa que abre sus puertas. Pero aún existen. Que a la entrada no haya dos macetones con el logo de la Capitalidad Cultural no significa que no escondan los más maravillosos secretos de jardinería, algunos de los más bellos rosales, los geranios más cordobeses y antiguos y las buganvillas que dan la sombra más placentera.

Acumulan primeros premios que les dieron la gloria cada primavera, cuando ellos se la daban a la ciudad y a un concurso que hunde sus raíces en el esfuerzo de sus inquilinos.  

Ahora, la economía y la edad de sus dueños aparecen en los primeros puestos de las causas que llevaron a privar al público de las esencias que esconden sus rincones de pilas, pozos y empedrados en los que crece la yerbabuena. Mientras la riega, Magdalena Amate, recuerda cómo «la calle se ponía llena de motos cuando la gente no tenía coche». Iban a visitar su patio, el de Montero, 12.

Ella tiene 84 años y su esposo, Antonio Gómez, 85. Junto a su hijo son los únicos inquilinos que quedan en esta casa de vecinos, que en sus mejores tiempos ganó dos primeros premios, cinco segundos y un tercero. Pero en los últimos años «apenas daban nada», se queja el vástago, José Luis, que explica que sus padres ya no pueden cuidar tantas plantas.

Aunque mantienen un buen número, porque les gusta, el matrimonio guarda decenas de tiestos en una habitación, los mismos que ocupaban las paredes, ahora solas con los clavos esperando unas macetas que es posible que nunca vuelvan a ese lugar.

Peor suerte ha corrido el de San Juan de Palomares, 11. Su propietaria murió hace unos años pero ya antes dejó de presentarlo. Ahora, su yerno lo cuida, pero le es imposible dedicarle todo el tiempo que requiere para que la imagen sea la de antes. La cal se cae de las paredes, las macetas tienen más hojas que flor y el limonero «asalvajado», explica, impide una buena visión del patio, que está en venta.

«De las 600 macetas que había quedarán unas doscientas», dice Sebastián Hiedra, aunque la buganvilla fucsia se empeña en darle vistosidad al recinto al que dedica unas dos horas diarias de trabajo. Lo hace porque le da «pena», pero el patio se muere si nadie lo compra para conservarlo. Y con él algo muy particular y característico de la ciudad. Así lo siente Magdalena en la calle Montero, que echa de menos presentar su casa al concurso. Al menos, por el momento en la entrada no hay un cartel de «próxima construcción de viviendas con solarium» como ya cuelga de otros de menor éxito pero igualmente tradicionales.

 

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