La alegría de la designación de la Fiesta de los Patios como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad va acompañada de una gran responsabilidad para todos los cordobeses.

FUENTE: JOSE LUIS RODRIGUEZ DIARIO CÓRDOBA. 09/12/2012

 

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Ahora que los cordobeses estamos imbuidos de "orgullo y satisfacción" –disculpen el remedo de la expresión del Rey, que a veces resulta irresistible– y que tenemos, después de tanta falta de entusiasmo y decepciones, un incentivo para promocionar la ciudad, ha llegado la hora de la cautela y de los pasos bien medidos. Lo viene a decir el alcalde, José Antonio Nieto, en la entrevista publicada ayer por Diario CORDOBA, y lo pensamos todos los que, día tras día y año tras año, lamentamos la falta de cooperación, eficiencia y buena voluntad en los proyectos de la ciudad.

¿Qué tal una mirada amplia, a lo grande, para variar? En primer lugar, un análisis que ya debe de estar hecho en los trabajos de presentación de la candidatura ante la Unesco sobre qué son los Patios, cómo preservarlos y mantenerlos y cómo compartirlos con el mundo. No son los recintos en sí, por muy hermosos que nos resulten, los que ha calificado el organismo internacional. Es la Fiesta de los Patios la que ha merecido el título de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Sin su belleza y singularidad nunca se hubiera conseguido, pero aquí lo que cuenta es la vivencia auténtica de una ciudad ante una tradición tan difícil de mantener como profundamente arraigada. El concurso de los Patios como tal no es tan antiguo, pero la vida de las familias en torno al patio de su casa (intimidad, reposo, convivencia, agua, luz, flores y hasta huerto) se arrastra desde los romanos, pasando por árabes y judíos hasta la etapa actual. No ha sido fácil, con las nuevas formas de vida urbana, que sobrevivan esas casas particulares o de vecinos articuladas en torno a un espacio de recreo común. Y mucho a su favor ha jugado la declaración del casco histórico de Córdoba como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco hace 18 años.

Fue la segunda declaración de la Unesco a favor de Córdoba, que ya suma tres: la Mezquita, el casco histórico y la Judería y ahora los Patios. Resulta abrumador. Son tres designaciones que, además de la inmensa alegría, dejan sobre la ciudad una enorme carga de responsabilidad, porque ese reconocimiento mundial nos obliga a todos a mantenerlos, preservarlos y cuidarlos hasta el extremo.

Volviendo a los Patios, ya no son solo nuestros, son de la humanidad, con mayúsculas. ¿Quién le iba a decir eso a las ancianas que con enorme cariño y dolor de sus huesos ya gastados han seguido levantándose cada mañana para podar, transplantar y regar esas flores que se han convertido, junto con la Mezquita, en una postal de Córdoba, como señalaba Nieto con acierto. Es deslumbrante, y casi un milagro, que una humilde gitanilla simbolice el espíritu de una ciudad.

Córdoba tiene que darle las gracias una y mil veces a los que han cuidado esos recintos maravillosos, representados actualmente por los presidentes de la dos asociaciones de los Patios, Leonor Camorra y Miguel Angel Roldán. Y darle las gracias a sus propios vecinos, que antes de que los turistas supieran nada ya se lanzaban todas las primaveras a ver cómo estaba este o aquel recinto. Ahora, inevitablemente, habrá que entrar en un proceso profesional , que debe dirigir el Ayuntamiento, para rentabilizar al máximo desde el punto de vista turístico esa nueva visión de la ciudad y al tiempo proteger un legado que ya pertenece a la humanidad en su conjunto. A partir de ahora hay que oír a los cuidadores y a los profesionales del turismo, del urbanismo y de la cultura. Y actuar para engrandecer lo que ya es grande gracias a los que lo viven y a los dirigentes políticos que han sabido verlo desde hace años y potenciarlo.

 

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